AUTOR DANIEL JUANISKY
El cuarto era casi hermético, salvo por la ventana, pequeña, ubicada en mitad del salón, a través de la cual entraba un poco de la luz de la tarde de aquel otoño. Cuando comencé con mi declaración el sol iluminaba y calentaba mis pies, luego fue subiendo, por un momento me tuve que desplazar con la silla hacia la izquierda, para que me diera justo en los ojos, pero al cabo de unos minutos dejó de molestar y fue a dar directamente contra la pared de costado para, más tarde desaparecer.
-¿Qué estaba haciendo usted en la tarde y la noche del día veinticuatro de Julio pasado?- Me preguntó el juez, de manera fría y cortante.
Yo, instalado en el banquillo, mirando el vaso con agua, dudé un instante antes de contestar. Porque, y díganme ustedes si me equivoco, uno se encuentra sentado ahí, sintiendo todas las miradas acusadoras, menos la del propio abogado, claro está, y encima le preguntan sobre una tarde y una noche en particular, sabiendo que no hay margen de error posible para lo que uno vaya a responder, que no hay vuelta atrás, porque si se equivoca o duda en el más mínimo detalle o comentario, para luego corregirlo, en ese preciso instante, se cuelga el cartel de culpable del cuello, para no sacárselo nunca más. Entonces, uno hace todo este razonamiento y se pone a rememorar los acontecimientos de aquel día, tal y como sucedieron, y asegúrenme ustedes que no van a titubear ni siquiera por un segundo.
-Bueno… ese día… creo que por la tarde estuve caminando por el zoológico… trabajando en mi nueva novela… ehh… ¡Sí! Estuve en el zoológico y salí de allí alrededor de las cinco, o tal vez eran las seis, ahora no recuerdo bien, luego… a ver… déjeme recordar… Creo que salí por la puerta principal, crucé hasta el Botánico, pero no entré y seguí caminando por Santa Fé…- Cuando agarré el vaso noté que mi mano temblaba, de manera leve, casi imperceptible, pero temblaba y el juez que no dejaba de mirarme fijo mientras yo bebía agua. Después me pasé la mano por la frente y la sentí húmeda, eran pequeños detalles que no podía dejar que aflorasen. Traté de calmarme, seguramente de esa manera podría hilar mejor el relato.
Estaba tratando de respirar pausadamente, cuando la voz del juez, monocorde y distante, me trajo de nuevo a la realidad.
-¿Usted sólo cree o está seguro de que estuvo donde dice que estuvo y de que caminó por donde dice que caminó?- El tono era el mismo que antes, sólo que ahora, para aumentar mis nervios, le había agregado una pizca de ironía.
-Ehh… con respecto al zoológico le diría que estoy seguro, luego…, bueno… sé que caminé. No recuerdo es este momento por dónde, pero sé que caminé.- Creo que a esta altura mi mirada imploraba un poco de clemencia.
-¿Tendría usted, por casualidad, el talón de la entrada o algún otro comprobante de algo que haya comprado allí dentro?-
Yo sentía que cualquiera fuera mi respuesta él ya tenía el veredicto, y el cartel de culpable, que con tanto titubeo me había colgado del cuello, iba aumentando de tamaño minuto a minuto.
-No. La entrada la tiré apenas salí de allí. Y la verdad es que no compré nada ahí dentro. Ehh… ¡No! ¡Sí!- Otro titubeo más y otra duda se agregaban a la enorme lista. Ya no tenía ningún tipo de control sobre mis ideas y, peor aún, sobre lo que salía por mi boca. -¡Sí! Compré una botella de agua, pero también tiré el ticket…- Me quedé unos segundos en silencio y luego de improviso arranqué otra vez. -¿O acaso usted o alguien del jurado guardan todos los tickets, entradas, recibos y facturas que día a día les dan, por si tienen que probar qué hacían en tal o cual momento?- Miré al juez, luego al jurado y por último a mi abogado, éste me observaba impávido, no lo podía creer, supongo que en ese instante le hubiese gustado, como si fuera una película apretar stop y rebobinar la cinta, y la verdad es que a mí también, pero ya era demasiado tarde, había sucedido, mi gran boca no pudo controlarse y se abrió, y lo peor es que toda esa incontinencia verbal hizo enojar, aún más, al juez.
-¡No sé el resto del mundo, señor. Pero yo no necesito guardar ningún tipo de comprobante, porque no debo probar que soy un inocente escritor y no el asesino del protagonista de mi novela. El cual apareció de manera sugestiva, ahorcado en Retiro, con un cinturón similar al que mi esposa me regaló para el último aniversario!- En ese momento mi abogado hizo un gesto con la mano, para tratar de pedir la palabra, pues el juez estaba actuando de manera arbitraria, pero éste lo fulminó con la mirada y siguió con su monólogo. -¿¡Tiene algo más para decirnos, quiere agregar algún otro comentario antes de que se reúna el jurado!?- Una sonrisa maléfica se dibujaba en el rostro del juez.
Miré al jurado, luego giré la cabeza y observé a mi abogado y por último clavé la mirada en el juez. Tomé los originales de mi novela que tenía sobre las piernas, caminé hacia el estrado y los coloqué allí con furia.
-¡Muy bien, tiene razón! Aquí están los originales de la novela en cuestión. Si se fija en la página ciento setenta y nueve, el segundo párrafo comienza con un diálogo, que luego fue borrado por mí al publicarlo. Dicho diálogo era entre el protagonista y yo, en esa conversación lo cito al maldito el viernes veinticuatro de Julio a las nueve de la noche en retiro, junto a la Torre de los Ingleses. Para ser más exacto, lugar donde apareció colgado el cretino. Voy a obviar los detalles acerca de cómo le di muerte al tipejo, sólo me voy a limitar a decir que este desenlace estaba absolutamente justificado, pues él ya venía desde la página sesenta y tres, si quiere observar,- dije buscando la página mencionada y marcando con el dedo índice el lugar preciso - coqueteando con mi esposa, y no respondía para nada a lo que estaba escrito. ¡Actuaba como se le daba la gana! Por eso dígame usted, ¿qué opción tenía?, ¿dejar que tome las riendas del relato? ¡De ninguna manera! ¿Qué siguiera seduciendo a mi esposa? ¡Menos aún! Entenderá entonces, señor juez, el por qué de semejante final y que la muerte de este aprendiz de Casanova estaba escrita de antemano.-
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