AUTORA: Laura Izquierdo
Al maestro con cariño por tantas
alegrías y triunfos.
Odio levantarme temprano los domingos y Luís lo sabe, estoy seguro de que solo para fastidiarme eligió este día para revisar las cosas que quedaron en nuestra antigua casa familiar. El viejo inmueble por fin tenía un seguro comprador y era hora de deshacerse de los pocos trastes que aún quedaban en el lugar. Los muebles y alguna que otra cadenita, anillo o reloj ya habían sido repartidos equitativamente entre los dos (mejor dicho entre Marta y Celina, nuestras esposas)
- No sé para que tenemos qué perder el tiempo, si ahí ya no queda nada que valga la pena, estoy segura de que tu cuñada con tal de no limpiar ella sola, te convenció para ir un domingo, el único día que estás en casa.
El sonido amorfo de la voz de Marta me llegaba tan distante, ¡si ella supiera…!¿Para qué? no entendería...
Yo sabía por qué quería estar ahí cuando se vaciara por completo la casa…
Yo sabía que ahí estaban todavía…
Yo sabía dónde mamá los había guardado cuando a Luís le quedaron chicos…
Yo sabía que era hora de vengarme…
Yo sabía…
Finalizaba el año `73, el 28 de noviembre, desde el viejo televisor blanco y negro toda la familia miraba el partido que trasmitían desde Italia por la final de la Copa Intercontinental, Independiente –Juventus. Todavía la imagen de Bochini gambeteando tanos está grabada en mi retina ¡como grité ese gol! ¡cómo quise ser yo también un jugador del Rojo y darle un pase de gol al Maestro! Tenía apenas diez años y Luís dos menos aunque siempre fue más alto y gordito que yo.
Los botines que lucían relucientes desde la vidriera de la zapatería del barrio, parecían invitarme a patear todos los penales del mundo.
Eran negros con dos franjas blancas en los laterales, ocho ojalillos a cada lado por donde pasaban los cordones grises, los tapones altos, 16 en cada botín, igualitos a los de los jugadores de primera.
Todos los mediodías cuando veníamos de la escuela, yo me detenía a admirarlos, a desearlos, a pedírselos a la vieja una vez más…
- ¡Dale má, comprame los botines, mirá que me saqué otro diez en la escuela hoy!
Prometo hacerte todos los mandados durante un mes sin protestar. Si me los comprás no te pido más nada, ni para mi cumpleaños, ni para Navidad, ni el día del niño, ¡dale mamita!
Mamá me pasaba la mano por los hombros empujándome de al lado de la vidriera.
- ¡Vamos Tato que se enfría la comida!
- Yo también quiero los botines, empezaba Luís.
- ¡para ninguno de los dos, vamos a casa!
Luís no jugaba al fútbol, pero siempre quería lo que yo tenía, heredaba mi ropa, mis juguetes, siempre quería lo que era mío, y siempre lo conseguía. Así fue como en su cumpleaños, su padrino, hombre acaudalado, apareció con una caja rectangular con los botines dentro.
Yo me quedé duro, no lo podía creer. Luís me miró inocentemente y cuando nadie lo vio me sacó la lengua con la caja bajo el brazo corrió a su cuarto.
Los viejos trataron de consolarme, los botines eran muy caros, ellos no podían y yo no contaba con un padrino de guita.
Busqué mil maneras de negociar con mi hermano, le cedí todos mis soldaditos, las bolitas, hasta el álbum de Independiente Campeón completo, pero el muy turro jamás transó. Intenté robárselos de las maneras más disparatadas, pero fue inútil, no me dejaba siquiera tocarlos. Nunca se separaba de ellos y por las noches los escondía bajo la almohada y dormía abrazado a ella.
Llegamos al mismo tiempo. Nos saludamos y entramos por el jardín. La tarea nos demandó casi todo el día y al fin, cuando solo quedaba un rincón oscuro en el último estante tapado por un trozo de lona de la vieja pileta, ahí tome en mis manos la caja rectangular conservada en muy buen estado cubierta de polvo. Con manos temblorosas levanté la tapa…estaban esperándome, negros, con dos rayas blancas a los costados, ocho ojalillos a cada lado donde pasaban los cordones grises, dieciséis tapones en cada uno…Los botines de fútbol con los que soñé hacer un pase de gol al Bocha.
Cerré la caja, nos despedimos de nuestra niñez y a punto de subirnos a nuestros respectivos autos no me pude resistir…
- Luisito,¡ mirá que tengo! Le mostré la caja y sus ojos sorprendidos no llegaron a advertir el corte de manga que le hice antes de irme.
Ya es de noche, me acuesto y abrazo, bajo la almohada, los botines de Luisito.
alegrías y triunfos.
Odio levantarme temprano los domingos y Luís lo sabe, estoy seguro de que solo para fastidiarme eligió este día para revisar las cosas que quedaron en nuestra antigua casa familiar. El viejo inmueble por fin tenía un seguro comprador y era hora de deshacerse de los pocos trastes que aún quedaban en el lugar. Los muebles y alguna que otra cadenita, anillo o reloj ya habían sido repartidos equitativamente entre los dos (mejor dicho entre Marta y Celina, nuestras esposas)
- No sé para que tenemos qué perder el tiempo, si ahí ya no queda nada que valga la pena, estoy segura de que tu cuñada con tal de no limpiar ella sola, te convenció para ir un domingo, el único día que estás en casa.
El sonido amorfo de la voz de Marta me llegaba tan distante, ¡si ella supiera…!¿Para qué? no entendería...
Yo sabía por qué quería estar ahí cuando se vaciara por completo la casa…
Yo sabía que ahí estaban todavía…
Yo sabía dónde mamá los había guardado cuando a Luís le quedaron chicos…
Yo sabía que era hora de vengarme…
Yo sabía…
Finalizaba el año `73, el 28 de noviembre, desde el viejo televisor blanco y negro toda la familia miraba el partido que trasmitían desde Italia por la final de la Copa Intercontinental, Independiente –Juventus. Todavía la imagen de Bochini gambeteando tanos está grabada en mi retina ¡como grité ese gol! ¡cómo quise ser yo también un jugador del Rojo y darle un pase de gol al Maestro! Tenía apenas diez años y Luís dos menos aunque siempre fue más alto y gordito que yo.
Los botines que lucían relucientes desde la vidriera de la zapatería del barrio, parecían invitarme a patear todos los penales del mundo.
Eran negros con dos franjas blancas en los laterales, ocho ojalillos a cada lado por donde pasaban los cordones grises, los tapones altos, 16 en cada botín, igualitos a los de los jugadores de primera.
Todos los mediodías cuando veníamos de la escuela, yo me detenía a admirarlos, a desearlos, a pedírselos a la vieja una vez más…
- ¡Dale má, comprame los botines, mirá que me saqué otro diez en la escuela hoy!
Prometo hacerte todos los mandados durante un mes sin protestar. Si me los comprás no te pido más nada, ni para mi cumpleaños, ni para Navidad, ni el día del niño, ¡dale mamita!
Mamá me pasaba la mano por los hombros empujándome de al lado de la vidriera.
- ¡Vamos Tato que se enfría la comida!
- Yo también quiero los botines, empezaba Luís.
- ¡para ninguno de los dos, vamos a casa!
Luís no jugaba al fútbol, pero siempre quería lo que yo tenía, heredaba mi ropa, mis juguetes, siempre quería lo que era mío, y siempre lo conseguía. Así fue como en su cumpleaños, su padrino, hombre acaudalado, apareció con una caja rectangular con los botines dentro.
Yo me quedé duro, no lo podía creer. Luís me miró inocentemente y cuando nadie lo vio me sacó la lengua con la caja bajo el brazo corrió a su cuarto.
Los viejos trataron de consolarme, los botines eran muy caros, ellos no podían y yo no contaba con un padrino de guita.
Busqué mil maneras de negociar con mi hermano, le cedí todos mis soldaditos, las bolitas, hasta el álbum de Independiente Campeón completo, pero el muy turro jamás transó. Intenté robárselos de las maneras más disparatadas, pero fue inútil, no me dejaba siquiera tocarlos. Nunca se separaba de ellos y por las noches los escondía bajo la almohada y dormía abrazado a ella.
Llegamos al mismo tiempo. Nos saludamos y entramos por el jardín. La tarea nos demandó casi todo el día y al fin, cuando solo quedaba un rincón oscuro en el último estante tapado por un trozo de lona de la vieja pileta, ahí tome en mis manos la caja rectangular conservada en muy buen estado cubierta de polvo. Con manos temblorosas levanté la tapa…estaban esperándome, negros, con dos rayas blancas a los costados, ocho ojalillos a cada lado donde pasaban los cordones grises, dieciséis tapones en cada uno…Los botines de fútbol con los que soñé hacer un pase de gol al Bocha.
Cerré la caja, nos despedimos de nuestra niñez y a punto de subirnos a nuestros respectivos autos no me pude resistir…
- Luisito,¡ mirá que tengo! Le mostré la caja y sus ojos sorprendidos no llegaron a advertir el corte de manga que le hice antes de irme.
Ya es de noche, me acuesto y abrazo, bajo la almohada, los botines de Luisito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario