martes, 29 de septiembre de 2009

LA CAUDILLA

AUTOR: AMERICO BARRACHA


Como un anuncio de la declinación de su estrella, sintió Francisco Ramírez la derrota de 1821.
Reunió unos cuatrocientos hombres y huyó hacia el interior del país. Se encontró con el caudillo chileno José Miguel Cabrera el siete de junio, a orillas del rió Tercero, juntaron mil hombres y decidieron emprender una campaña contra Bustos, gobernador de Córdoba.

Vivaqueaban en una abra –rodeados de talas y espinillos- cubiertas las espaldas. Los fuegos eran celosamente cuidados para no denunciar la posición. Ambos caudillos –cautelosamente- planificaban la maniobra, haciendo las marcas en el suelo. La Delfina se acercó...
_Mi general...
_¡Espéreme! _Fue la respuesta-orden de Ramírez.
Arrebujada en su poncho, caminó lentamente hacia el río. Un centinela, sobre un montículo, hacía guardia.
El general la alcanzó y le hizo apurar el paso. El soldado advirtió:
_No se alejen mucho, el bicharaje parece alborotado, como si alguien estuviera husmiando...
_¡Mantengasé alerta!

La noche de junio –tachonada de estrellas- hacía presumir helada de manto blanco. Cuando calcularon que estaban a cubierto de miradas indiscretas, se abrazaron y se besaron con ardor.
Ella había recogido una ramita de yerba buena y la tenía en su boca, mordisqueándola. Como si el aroma de sus labios exacerbara su amor de potro salvaje, él la ahogó en besos y cariñosos mordiscos, mientras recorría su cuerpo con las manos.
Buscaron un refugio entre dos árboles –donde acomodarse- y se poseyeron con desenfreno. El atavismo de las amazonas, que recibían, sólo una vez al año a los hombres en el Ponto Euxino para procrear, surgió inconsciente en ella.
_¡Pancho! ¡Quiero un hijo! Un hijo tuyo...
acallados los estertores de l pasión, ella se arrebujó en sus brazos y con los ojos entrecerrados, miraba la lejanía. El alcanzó a ver con el claror que descendía de esa miríada de estrellas, dos diamantes en las comisuras de sus ojos.
_¿Por qué sufre, mi prienda?
_Este Carrera no puede ser su aliado...
_Sabe que no me gusta que se meta en cosas de hombres.
_Cuando me metí, y me hizo caso, no le fue mal. Hay cosas que las mujeres intuimos sin razonarlas. Éste es un bandido y usted un hombre que lucha por la Patria.
_¿Patria? ¿Después de todo lo que he padecido por ella? Mi patria es usted, mi vida...

Dialogaban ausentes. Ella recordaba el día que lo vio por primera vez, el flechazo que sintió. Apenas unos tres años atrás y su inmediata simbiosis: amor, ideales, pasión, luchas... –su total transformación-.
Él creyó ver, en el rielar de un río cercano, su figura de hacendado joven cuando se asoció con la causa de 1810 como chasquero entre Díaz Vélez y Rondeau, y luego se levantó en armas contra la dominación española en la Banda Oriental y Entre Ríos, con López Jordán, Zapata y Díaz Vélez...

Ella suspiró profundo –como si quisiera espantar algún mal presagio-. Él la acomodó a su cuerpo y deslizó su mano por la espalda –levemente transpirada pese al frío- hasta su pequeña cintura y acarició sus amplias caderas de amazona, acostumbrada a montar en pelo, aplastada contra el cuerpo de la cabalgadura y con la cabeza protegida por el pescuezo.
Así comenzaron un nuevo juego amoroso, como si quisieran evadirse de la tristura.
Vitales, dieron gusto a sus cuerpos hasta el éxtasis. En la modorra posterior, ella visualizaba su imagen montando –lanza en mano- junto a su Pancho, atravesando las cuchillas.
Él, como si sus cerebros –además de sus cuerpos- se activaran sincrónicamente, rememoró su cuartel general, en el Arroyo de la China, donde disciplinó rigurosamente e instruyó a sus tropas, con la aspiración de actuar en su Entre Ríos natal, sin desairar a Artigas.
Revivió el sometimiento de Hereñú al gobierno de Buenos Aires –que lo nombró comandante- para que se alzara contra Artigas.
Otro tanto hicieron Corea en Gualeguay, Evaristo Carriego en Paraná y Samaniego en Gualeguaychú. Reavivó en su mente los esplendore de su gloria –la dispersión de las fuerzas de Correa y Samaniego- y cuando Buenos Aires envió a Marcos Balcarce con refuerzos –para unirse a Hereñú, Correa y Samaniego, los volvió a derrotar en Saucecito el 25 de marzo de 1818.
Quedó dueño de la provincia –a la que organizó militarmente- se erigió en gobernador y ascendió a general. A partir de entonces se hizo llamar Supremo Entrerriano...
El alerta del centinela los despabiló y, sin necesidad de decirse una palabra, volvieron al campamento.

Las tropas esperaban a su jefe, pero mucho más a su mujer. Emanaba de ella una dignidad interior –aún sin ropas de combate- que la diferenciaba de las otras mujeres que acompañaban a los soldados.
El poncho raído le cubría la chaqueta y los pantalones, hasta las botas, como el manto de una reina.

Se acostaron y ambos fingían dormir. Sus vigilias eran perturbadas por funestos presentimientos, que agrandaban los leves ruidos de la noche. Ambos habían disfrutado de la sensualidad de la victoria y el poder, ahora sólo un gran triunfo sobre el gobernador de Córdoba (Bustos) podría revertir el camino descendente.
En Cruz Alta se jugó el destino de Pancho y Delfina. Bustos resistió la embestida de Ramírez y Carrera y los hizo retirarse hasta Fraile Muerto, donde se separaron, Ramírez pretendía llegar a Entre Ríos.
Lamadrid y Bustos persiguieron a Carrera, López se encargó de Ramírez. Sin embargo fue Francisco Bedoya –gobernador sustituto de Córdoba- quien obligó al entrerriano a salir de las sinuosidades de la sierra. Lo persiguió hasta San Francisco y lo derrotó completamente.
Huía con su compañera y cinco o seis fieles soldados, cuando advirtió que la Delfina había quedado rezagada, en poder de sus perseguidores. Contra toda lógica y los gritos de sus hombres, volvió para rescatarla.

El pistoletazo del capitán Maldonado acabó con la vida de un hombre que quería salvar a su mujer y a su Patria –era el 10 de julio de 1821- sólo tenía treinta y cinco años. Su cabeza fue enviada a Estanislao López y exhibida en el cabildo de Santa Fe.
El comandante Anacleto Medina –atravesando el Chaco- llevó a Concepción del Uruguay a la compañera de Ramírez, donde murió el 27 de junio de 1839.

La imaginería popular creó la leyenda de las hazañas y pasiones de entrañable pareja. Algunos creían oír –cuando ululaba el viento por la cuchillas- el grito desesperado del gran entrerriano:
¡¡¡DELFINA!!!.

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