AUTORA: MERCEDES PEREYRA
Sentada, con la vista fija y todo su cuerpo temblando lo observaba.
El laberinto la invitaba a entrar y ella comprendía que este no era tal, si se esta afuera. La acción se da dentro y él la invitaba a la acción.
Su recorrido implica un transcurso de tiempo y espacio y por lo tanto también una narrativa.
Si pensamos solo en un muro, pensamos en una especie de serpiente, en un jardín o en un dibujo de espirales con una entrada y una salida.
Lo imaginamos a vuelo de pájaro, lo cual significa que siempre pensamos en un laberinto desde afuera y arriba… y es natural.
Si queremos recorrer el secreto del mismo, la mejor posición para hacerlo es a través de la contemplación del todo.
El placer de un laberinto-parafraseando a Roland Barthés- está en el recorrido que hacemos de el.
Asomada a la ventana, acepta el desafío y asume que el laberinto, es un lugar donde es fácil entrar, pero difícil salir y en cuyo interior quedará sometida a una serie de opciones de resultados imprevisibles.
Se siente como el Minotauro condenada por los dioses a ser cruel, encerrada en el fondo de él.
No soporta más la presión y se lanza a recorrer e internarse en una serie de pasajes, galerías y cámaras, mientras la desventura y la ansiedad hacen presa de ella hasta que, en el fondo del corredor se topa con la luz.
Abundaron en su trayecto corredores sin salida, altas ventanas o aparatosas puertas que daban siempre a celdas o pozos oscuros.
Pero al llegar, culminando su desesperada búsqueda, la ciudad la sorprende dominando por lo imponente y colosal y la aterroriza invadida por formas altaneras y masivas, donde lo sublime desaparece.
martes, 29 de septiembre de 2009
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