lunes, 28 de septiembre de 2009

TOCATA Y FUGA

AUTOR ROBERTO MIÑOS

Recostado en su sillón, Agustín disfrutaba de la música clásica que tanto amaba, y ese disco era uno de sus preferidos; lo transportaba, lo ayudaba a evadirse de una realidad que él no se animaba a cambiar.
Los últimos compases de "Jesús alegría del hombre" lo habían adormilado, cuando un ruido proveniente de la cocina le hizo entreabrir los ojos.
Como si estuviera mirando a través de un velo vio parte de esa realidad; allí estaba de espaldas Agustina, su mujer: siempre con esas chancletas que parecían formar parte de sus pies, siempre con los ruleros puestos, que sólo se sacaba por las noches para volver a ponérselos al día siguiente y sobre todo con ese ridículo batón a rombos que la hacía parecer un grotesco arlequín, pensó Agustín con rabia creciente, ¡seguro que con el cigarrillo en la boca! se acicateó.
Cuando el órgano de Richter comenzó el segundo tema del disco, Agustín sintió una descarga.
La música, dramática en ese momento, comenzó a martillar con furia su cabeza.
El órgano aumentó su potencia como reclamaba la pieza y él sin saber cómo, se encontró detrás de Agustina.
Cuándo tomó el cuchillo que estaba sobre la mesada, ella se dió vuelta sorprendida por el movimiento que alcanzó a ver de reojo.
El cigarrillo que tenía en los labios, cayó al ver el brazo alzado de su marido, y sólo atinó a levantar los suyos en actitud defensiva, mientras él con furia en el rostro y la música golpeando dentro de su cabeza, clavaba una y otra vez el cuchillo.
Agustín tuvo la extraña sensación de estar mirando la escena desde afuera y cuando el cuerpo de su mujer comenzó a desplomarse casi al ritmo suave de la "fuga" sonrió.
Estuvo un tiempo observando el cuerpo caído, luego lentamente, volvió a su sillón.
Con una expresión serena en el rostro y los ojos cerrados se sintió transportado por la música, cuándo una especie de resoplido lo sacó abruptamente de su ensueño. Miró sorprendido hacia el tramo superior de la escalera, vió allí a Agustina moviendo los labios y comprendió que hacía un momento que ella le estaba hablando.
-¿Estás sordo Agustín?- graznó.
-¡Bajá a buscarme la bolsa del mercado!, sabés que no puedo subir con ella, pero antes cruzá al almacén y traeme una botella de vermouth- y siguió con tono imperativo- y sacá esa porquería de música que estás escuchando; ¡poneme la que a mí me gusta!
Cabizbajo, con movimientos lentos, Agustín guardó su joya musical y colocó el disco de su mujer; se dirigió a la escalera y comenzó a bajar en el momento que desde la bandeja, empezaba a oírse la voz de Palito Ortega.

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