AUTORA LELY PEIRANO
Ellas sabían y por un acuerdo tácito se habían acostumbrado a ello, el padre pasaba una breve temporada y luego desaparecía. Él tomaba su valija, abrazaba a su mujer y a sus niñas y después se iba. Al llegar a la esquina, sacaba el brazo por la ventanilla saludaba cariñosamente y aceleraba.
Entonces las mujeres entraban a la casa y continuaban con sus tareas. Desde ese momento nadie mencionaba a papá.
El dinero habido en la casa, si se llevaba una vida metódica era suficiente, es más les daba cierta holgura como para ir periódicamente al cine, a tomar el té al “Cisne Azul”, o comprase algún vestido de moda.
La familia, a pesar de las oleadas de rumores y maledicencias, era feliz...
Las niñas sentían arder las orejas cuando volvían del colegio y las comadres que barrían las veredas murmuraban en voz baja:_¡¡ viajante de comercio no es, así qué vaya a saber una, a qué se dedica este hombre!!....
También la madre (que era maestra además de joven y bonita), más de una vez al volver de su trabajo, tuvo que ponerle los puntos sobre las ies a algún vecino que al verla sola, se pasaba de la raya.
Lo sorprendente y lo que ellas no contaban a nadie, era que en los fondos de la casa mantenían unas palomas mensajeras con las que seguramente se conectaban con el ausente. Y digo sorprendente porque en esta era de las comunicaciones: teléfono celulares, fax, internet, comunicarse con palomas sonaba ridículo.
Regularmente se distribuía en la parroquia y en la santería del pueblo un periódico católico proveniente de la capital que informaba sobre catequesis, santoral, información vaticana y todo tipo de noticias referente al clero y a las actividades del laicado. Como costaba unas pocas monedas, la mayoría de los fieles lo compraba.
Ese día (recuerdo bien que fue un 20 de septiembre, porque yo había concurrido a la panadería a comprar los pancitos de viena para el festejo del día de la primavera) los vecinos se empujaban por leer una noticia del mencionado diario. Mediante algunos codazos, pude llegar al meta y asombrado más que asombrado, espantado, leí:
“Su reverendísima santidad, el actual Papa, ha ascendido a la categoría de Obispo de Paraná a Monseñor Oscar Miranda, cura párroco de la Parroquia “Nuestra Señora de Fátima” de la localidad de Las Lomitas –provincia de Buenos Aires.”
Debajo del artículo, una nítida foto, no dejaba lugar a dudas, ¡¡se trataba del marido de....Y del padre de las!!...
En un minuto se armó la tempestad: los más violentos del pueblo, armados de piedras y palos, se dirigieron a la casa de las mujeres, otros se juraron no dirigirles más la palabra. Y la directora del colegio privado donde trabajaba la madre, la destituyó inmediatamente, mientras rescindía de la matrícula a las niñas.
Cuando llegó la horda, las palomas enfurecidas se volvieron contra los atacantes y les picaron los ojos, luego asociadas a los pájaros del lugar, custodiaron a las mujeres hasta la estación de tren, y las acompañaron un largo trecho del viaje
Ahí ellas se prometieron no volver jamás a aquel pacato e intolerante pueblo.
Entonces las mujeres entraban a la casa y continuaban con sus tareas. Desde ese momento nadie mencionaba a papá.
El dinero habido en la casa, si se llevaba una vida metódica era suficiente, es más les daba cierta holgura como para ir periódicamente al cine, a tomar el té al “Cisne Azul”, o comprase algún vestido de moda.
La familia, a pesar de las oleadas de rumores y maledicencias, era feliz...
Las niñas sentían arder las orejas cuando volvían del colegio y las comadres que barrían las veredas murmuraban en voz baja:_¡¡ viajante de comercio no es, así qué vaya a saber una, a qué se dedica este hombre!!....
También la madre (que era maestra además de joven y bonita), más de una vez al volver de su trabajo, tuvo que ponerle los puntos sobre las ies a algún vecino que al verla sola, se pasaba de la raya.
Lo sorprendente y lo que ellas no contaban a nadie, era que en los fondos de la casa mantenían unas palomas mensajeras con las que seguramente se conectaban con el ausente. Y digo sorprendente porque en esta era de las comunicaciones: teléfono celulares, fax, internet, comunicarse con palomas sonaba ridículo.
Regularmente se distribuía en la parroquia y en la santería del pueblo un periódico católico proveniente de la capital que informaba sobre catequesis, santoral, información vaticana y todo tipo de noticias referente al clero y a las actividades del laicado. Como costaba unas pocas monedas, la mayoría de los fieles lo compraba.
Ese día (recuerdo bien que fue un 20 de septiembre, porque yo había concurrido a la panadería a comprar los pancitos de viena para el festejo del día de la primavera) los vecinos se empujaban por leer una noticia del mencionado diario. Mediante algunos codazos, pude llegar al meta y asombrado más que asombrado, espantado, leí:
“Su reverendísima santidad, el actual Papa, ha ascendido a la categoría de Obispo de Paraná a Monseñor Oscar Miranda, cura párroco de la Parroquia “Nuestra Señora de Fátima” de la localidad de Las Lomitas –provincia de Buenos Aires.”
Debajo del artículo, una nítida foto, no dejaba lugar a dudas, ¡¡se trataba del marido de....Y del padre de las!!...
En un minuto se armó la tempestad: los más violentos del pueblo, armados de piedras y palos, se dirigieron a la casa de las mujeres, otros se juraron no dirigirles más la palabra. Y la directora del colegio privado donde trabajaba la madre, la destituyó inmediatamente, mientras rescindía de la matrícula a las niñas.
Cuando llegó la horda, las palomas enfurecidas se volvieron contra los atacantes y les picaron los ojos, luego asociadas a los pájaros del lugar, custodiaron a las mujeres hasta la estación de tren, y las acompañaron un largo trecho del viaje
Ahí ellas se prometieron no volver jamás a aquel pacato e intolerante pueblo.
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