JUANITA WALFISCH
Norma se había quedado viuda un par de meses atrás, pero, aún seguía con la costumbre de ir a comprar el pan, temprano, en las mañanas; ahora solo compraba un cuarto kilo, cantidad que le resultaba suficiente, para acompañar sus comidas diarias.
Un día, como siempre, atravesó el pequeño jardín que tenía frente a su casa y le pareció escuchar un lamento, casi imperceptible.
Detuvo su andar, agudizó el oído, se quedó muy quieta y esperó.
Repetidas veces el débil sonido la fue orientando, se acercó cautelosa para ver de qué se trataba. Era tan pequeño que, casi, no podía distinguirlo entre el césped.
Allí estaba, parecía recién nacido, no tenía nada especial, era un gato…raza gato, solo su mirada dulce y compradora que la estremeció y la impulsó a levantarlo.
Temblaba, a pesar de ser una cálida mañana de enero. “Seguramente tiene miedo”. Pensó Norma.
En ese instante, muchas fueron las preguntas que acudieron a su mente. ¿De dónde será? ¿Quién lo habrá abandonado en su casa? ¿Se escapó y se perdió? ¿Lo estarán buscando? Y la peor de todas, la que la sobresaltó. ¿Qué hago, me lo quedo?
Se sorprendió ¡Hablaba sola! “Yo nunca cuidé animales, no se si estaremos bien, ¿me acostumbraré, sabré qué darle de comer?
Dudaba… ¿Y si se muere? ¿Qué hago?
Mientras estos pensamientos la abrumaban, sintió como el animalito iba dejando de temblar y se acurrucaba en sus brazos. Se sentía seguro, protegido.
Levantó la cara y la miró fijo, directo a los ojos, su mirada era una súplica.
Norma pensó: “Desde que Armando murió, estoy tan sola, quizás, me sirva de compañía y yo a él”. – ¿Qué tal?- le preguntó sonriendo; parecía esperar una respuesta.
Volvió a entrar. Lo acomodó sobre uno de los sillones de la sala y apuntándole con el dedo índice, le dijo:
-Bien…bien, bien, desde hoy este será tu lugar y te llamarás…te llamarásss ¡Pepe!, así que Pepe, está prohibido subir a las sillas, pues tienen tapizados de gobelino, que es muy caro y se pueden arruinar. Además, nada de saltar sobre la mesa para el té ¿Nos entendemos?
El pequeño gato, mirándola con sus ojos verdes, agradecido y, con un suave “miau”, dio
a entender que aceptaba los términos impuestos por su nueva ama.
Resultaron ser muy buenos compañeros. Él la seguía a todas partes; si era a la cocina, donde comían, se sentaba, esperaba tranquilo, mientras miraba todos los movimientos que ella realizaba para preparar lo que iban a comer.
Cuando Norma se dedicaba al aseo de la casa, Pepe, se paraba en la entrada de la habitación y desde allí, sin mover la cabeza, la miraba sin perder un detalle.
Se inquietaba un poco, cuando ella salía para hacer las compras y, demoraba más de lo normal; entonces, se paseaba, impaciente, por el hall de entrada, hasta que la veía regresar, su mirada se tornaba como de reproche, pero al fin, terminaba acariciando sus piernas, en señal de que había perdonado su tardanza.
Para Pepe el momento de mayor satisfacción era cuando se sentaban a mirar televisión, él se acurrucaba junto a ella, se quedaba muy quieto, entrecerraba los ojos y disfrutaba las caricias de sus manos.
Norma recibía todos los jueves a sus tres amigas de toda la vida; llegaban a las cuatro y media y se iban, más o menos, a las siete.
El té de los jueves era un ritual; cada una tenía asignado un lugar, producto de la costumbre de ocupar siempre el mismo, desde hacía tantos años.
Alicia, estaba casada; conservaba la belleza de su juventud, era delicada y de sonrisa fácil. Ocupaba su tiempo entre su hogar y tres nietas, que la volvían loca de felicidad y orgullo. Se sentaba frente a Norma.
Por su parte, Cecilia, separada desde hacía tantos años que, casi, no recordaba que alguna vez había estado casada, trabajaba medio día para ayudarse, ya que con la jubilación no le alcanzaba para cubrir sus gastos, era la más gordita de las cuatro, muy simpática y tenía el don de contagiar, a sus amigas, su optimismo y alegría.
Ocupaba la silla ubicada a la derecha de la dueña de casa.
La mayor de todas, pero por poca diferencia, era Patricia, hablaba sin respirar, desde que se había quedado viuda y sin hijos, la soledad la impulsaba a desbordarse cuando se encontraba con sus amigas, que la escuchaban con atención, ya que era culta y refinada.
Ocupaba el sitio restante en la mesa.
El primer jueves que vieron a Pepe les llamó la atención, pero, después la costumbre hizo que pasara desapercibido.
Por otro lado, él no se movía de su lugar, jamás las molestó. Parecía haber entendido, muy bien, las palabras que Norma le dijo el primer día que lo trajo a la casa.
Simplemente… las miraba.
Pasaron los años y todo seguía el curso acostumbrado; sólo Pepe cambió, dejó de ser un “gatito” y se transformó en un hermoso gato de pelo gris, brilloso y suave.
Un jueves, Norma, a las tres y media, se dispuso a preparar la mesa para el té.
Acomodó los cuatro individuales, con sus respectivas servilletas, frente a cada una de las sillas, los platos, las tazas de porcelana y las cucharas de plata, que parecían espejos. En el centro de la mesa, sobre una carpeta de macramé, dispuso una canasta con panecillos y galletas caseras, un plato con scones y cuatro porciones de torta galesa. En tres pequeños recipientes colocó mermeladas de diferentes sabores y espátulas para untar.
Cuando estaba acomodando el servicio de la izquierda, es decir, el que ocupaba Patricia, se sobresaltó.
Encontró, por primera vez, sentado en la silla a Pepe, quien con la pata derecha corría el plato con la taza para un costado.
Desconcertada por la actitud, volvió a colocar el servicio en su lugar y, una vez más, Pepe lo corrió, en tanto la miraba entre desafiante y apesadumbrado.
Colmada su paciencia y, con un reto, lo envió a su sitio en el sillón.
A las cuatro y media, sonó el timbre. Llegaron Alicia y Cecilia. Entre besos, sonrisas y saludos acostumbrados, informaron que Patricia se debía haber retrasado, ya que no tomó el tren con ellas, como siempre.
-Seguramente estará por llegar –dijo Alicia, agregando- son tan solo dos estaciones.
-Quizás optó por el colectivo- respondió Cecilia, mientras dejaba su cartera sobre el sillón-a veces no quiere caminar las cinco cuadras hasta la estación.
Esperaron.
Mientras tanto, charlaban despreocupadas de los sucesos de la semana.
Cuando el reloj marcó las “five o’clock “, decidieron no esperar más y se acomodaron, no con poca preocupación, cada una en su lugar de costumbre.
Casi al mismo tiempo sonó el teléfono.
-Debe ser Patricia-comentó la anfitriona, mientras se dirigía para atender.
-Hola, si, ¿Quién habla?- contestó al desconocer la voz del otro lado.
-Si, si, soy yo- respondió
-¡¿Cómo?!- dijo con voz entrecortada mezclada con asombro.
De inmediato rompió en llanto y no pudo hablar más.
Colgó.
Las dos amigas la rodearon y, sus miradas lo decían todo, querían saber qué, pasaba.
Norma trató de recomponerse y sin parar de sollozar, les dijo:- Avisaron que Patricia falleció hace unas horas.
-Pero, ¿qué le pasó?-atinó a decir Cecilia, antes de empezar a llorar ella también.
-Un, un… paro cardiorrespiratorio –fue la respuesta.
Alicia se sumó al llanto con tanto desconsuelo, que terminó desplomándose sobre su silla, casi, al borde del desmayo ante la impresión que le causó la noticia.
Sus dos amigas trataron de asistirla, sacando fuerzas para ayudarla a pesar de la tristeza que también las embargaba.
La reunión se fue desvaneciendo, sólo se habló de los arreglos para encontrarse con el fin de despedir los restos de quien fuera su querida amiga.
Cuando Norma se quedó sola, se acercó a la mesa, hasta el lugar que, de ahora en más, permanecería vacío y un escalofrío recorrió su espalda.
Recordó la escena.
Pepe, sentado en el lugar de Patricia, corriendo la taza en dos ocasiones.
Se dio vuelta y lo miró fijo. Sus miradas se cruzaron y, él sosteniendo la suya, parecía decirle.” Yo te avisé que no iba a venir”
Pasó el tiempo.
Las visitas de los jueves volvieron a reanudarse. Las tres amigas continuaron con sus charlas, sus recuerdos, trataban de que todo pareciera igual, muchas veces nombraban a Patricia, realmente la extrañaban.
Pero, algo cambió en la relación entre Pepe y Norma.
Antes, él la seguía con la mirada.
Ahora, es ella la que, en forma permanente, lo observa.
Sobre todo los jueves a la hora del té y cuando ve que, Pepe, merodea cerca de las sillas.
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