viernes, 2 de octubre de 2009

CONVENTILLOS

AUTORA: ELSA FRIGENI MUSACH

Deseo hallar la diferencia, que sin duda existe, entre un conventillo, que tantas veces fueron descriptos por plumas famosas, con el edificio de catorce pisos en el que vivo.
Busco con empeño la disparidad.
Sin proponérmelo, después de convivir durante veinte años con tantas personas, les tomé cariño a mis vecinos.

He visto nacer a muchos de lo ahora son adolescente. Escuché en las noches el llanto de esos bebés. No me molestaban, era lo único que podía hacer un recién llegado a este mundo. Cuando nacieron los mellizos del cuarto, yo vivo en el tercero, oía los pasos de los padres paseándolos hasta que se calmaban. Ahora ya son los de ellos junto con sus juguetes. ¡Cómo pasó el tiempo, ya tienen un año y medio, están hermosos son igualitos!.
Por lo general somos tranquilos, si no fuera que sin darse cuenta, dejan mal cerradas las puertas de los ascensores y no responden al pedido de ¡ASCENSOR! repetido varias veces, a mí me cuesta transitar las escaleras, pero... hay que aceptar estos inconvenientes, sobre todo cuando quedan en la planta baja, se comprende que salieron muy apurados por llegar al trabajo o al colegio, son muy cumplidores con los horarios.
A la hora de la cena pasa algo que me da un poquito de asquito, es el aroma que sube o baja de las cocinas de los departamentos. Claro que yo comprendo cada uno hace lo que quiere o puede, pescado, milanesas, salsas, puchero, bueno... a mí me molesta porque a esa hora yo tomo un tecito con leche con tostadas con miel, no me conviene acostarme con el estomago cargado, por los años que tengo, me dijo el médico, y yo le hago caso, si no duermo mal.
Igual de noche me despierto cuando de pronto se oye el vocerío del matrimonio del quinto recriminando a su hijo , y a la chica también ¡eh!, ¡te dimos permiso hasta las doce y mirá la hora que es y en que estado llegas!. Yo prendo mi velador y observo el reloj, son las cuatro de la mañana , pero, ... pobre pibe, quizá está transpirado porque llegó caminando, con las huelgas sorpresivas del transporte que cuando no son los trenes son los subtes y ¡cuantas veces los colectivos!. Pobre muchacho lo tienen que comprender. La semana pasada la discusión fue con la hija, pensar que a estos los conozco desde la panza de su mamá.
En mi piso hará dos años que se desocupó un departamento y lo alquiló una muchacha. Con esta duermo menos porque a cada rato llama al ascensor baja y enseguida sube y repite esto varias veces durante la noche, creo que tiene menos memoria que yo, debe olvidarse de comprar cigarrillos o pastillas de menta o caramelos ácidos, tiene suerte que el quiosco está abierto toda la noche, la pobre después duerme todo el día, recién sale a dar una vuelta a la tardecita. Claro que yo tengo el sueño muy liviano, como se dice, y como soy muy mayor no necesito dormir tanto.
La vez pasada, era de día. Sentí unas sirenas y me asomé al balcón, había llegado un móvil policial y detrás una ambulancia, ¿qué ocurrió?, Según me dijo el encargado del edificio, un señor que vive en el séptimo con su esposa llegó mas temprano de lo acostumbrado porque se sintió enfermo en el trabajo, pero como es muy nervioso se peleó con su mujer porque encontró en su casa a un señor que había ido a visitarlos y en vez de ser cordial con esa persona comenzó a los golpes con él. Bueno en definitiva a la mujer la sacaron en camilla y rápido salió la ambulancia, y a los hombres los llevó la policía en el móvil.

No todo es molesto. En ocasiones se hace presente la solidaridad.
Está aquella vecina que alcanza un tazón de caldo a una persona que está con gripe, y otra que va a la farmacia en busca de un medicamento, o nos ofrecemos a cuidar a una criatura cuando la enferma es la mamá o un imprevisto la obliga a salir rápido, o sacar de apuro a la que está preparando un postre y no le alcanza el azúcar, la del departamento de enfrente la salva.
He hecho amigas porque necesitan compañía. Una charla, un té, unos mates ayudan a salvar la situación. Los añosos salimos favorecidos en esta maraña que nos rodea. Siempre aparece, sobre todo en días muy fríos o lluviosos, de algún piso una persona, incluido el encargado, ofreciéndose para irnos a comprar alguna cosa que necesitemos. La concordia está presente.

Llego al final y no encuentro la diferencia que creí hallar.
Los seres humanos cambiamos en apariencia, en costumbres particulares, pero los sentimientos y o problemas salen a flor de piel en grandes conventillos horizontales del l900 como en los grandes conventillos verticales del 2008.

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