AUTORA: JUANITA WALFISCH
El cuerpo de Patricio yacía boca abajo, sobre la escasa hierba del campo de batalla.
Tenía los ojos cerrados; un intenso dolor en el pecho, cerca del hombro derecho, lo mantenía inmóvil
De pronto sintió, sobre el costado izquierdo de su cuerpo, un suave empujón. Algo o alguien estaba tratando de sacarlo del estado de desvaneci miento en el que se encontraba.
Pestañeando muy lentamente comenzó a tomar conciencia del lugar.
Con la cabeza, aún, apoyada sobre el suelo, observó la escena que se presentaba ante él.
El campo era un tendal de cuerpos destrozados por la lucha, uniformes de los dos bandos se había unido en ese trágico final que les era común.
Se encontraba en presencia de la muerte, el olor de la sangre penetraba por su nariz e inundaba sus sentidos. Pudo escuchar los gritos de dolor de otros sobrevivientes, que parecían llegar a sus oídos de todas partes.
Nuevamente sintió sobre su costillar izquierdo un empujón.
Giró un poco la cabeza y pudo ver a su caballo, Bastiano, que con el hocico insistía en reanimar a su amo.
El soldado intentó levantarse, pero el dolor de la herida lo obligó a desplomarse, casi, al borde del desmayo.
Sintió la tibieza de su propia sangre que había formado un pequeño charco, sobre el cual cayó.
El noble animal caminó unos pasos, se acercó de manera que la mano izquierda de Patricio pudiera tomar la rienda y ayudándose con ella, consiguiera ponerse de pie. Temblaba.
El dolor lacerante del hombro, casi, no lo dejaba respirar.
Apoyado sobre la montura, tuvo una visión completa del horror.
Los cuerpos desmembrados yacían por doquier; la sangre y la pólvora formaban una combinación irrespirable, los gemidos de algunos moribundos, lo estremecían.
Contrastando con tanta destrucción, divisó a lo lejos las colinas, verdes, exuberantes, bañadas por el sol de un atardecer para el olvido.
Bastiano dio un paso, el movimiento sacó de su ensimismamiento al joven.
Con gran esfuerzo, lo montó.
El caballo, tratando de esquivar los cuerpos inertes, comenzó a alejarse.
Se dirigió por una huella que se internaba en un pequeño bosque.
Parecía saber que ese camino, de árboles con sus troncos enérgicos y aromáticos, de ramas frondosas y hojas frescas, daría a su amo el alivio del aire renovado que lo llevaría por el sendero de la esperanza hacia la vida.
Tenía los ojos cerrados; un intenso dolor en el pecho, cerca del hombro derecho, lo mantenía inmóvil
De pronto sintió, sobre el costado izquierdo de su cuerpo, un suave empujón. Algo o alguien estaba tratando de sacarlo del estado de desvaneci miento en el que se encontraba.
Pestañeando muy lentamente comenzó a tomar conciencia del lugar.
Con la cabeza, aún, apoyada sobre el suelo, observó la escena que se presentaba ante él.
El campo era un tendal de cuerpos destrozados por la lucha, uniformes de los dos bandos se había unido en ese trágico final que les era común.
Se encontraba en presencia de la muerte, el olor de la sangre penetraba por su nariz e inundaba sus sentidos. Pudo escuchar los gritos de dolor de otros sobrevivientes, que parecían llegar a sus oídos de todas partes.
Nuevamente sintió sobre su costillar izquierdo un empujón.
Giró un poco la cabeza y pudo ver a su caballo, Bastiano, que con el hocico insistía en reanimar a su amo.
El soldado intentó levantarse, pero el dolor de la herida lo obligó a desplomarse, casi, al borde del desmayo.
Sintió la tibieza de su propia sangre que había formado un pequeño charco, sobre el cual cayó.
El noble animal caminó unos pasos, se acercó de manera que la mano izquierda de Patricio pudiera tomar la rienda y ayudándose con ella, consiguiera ponerse de pie. Temblaba.
El dolor lacerante del hombro, casi, no lo dejaba respirar.
Apoyado sobre la montura, tuvo una visión completa del horror.
Los cuerpos desmembrados yacían por doquier; la sangre y la pólvora formaban una combinación irrespirable, los gemidos de algunos moribundos, lo estremecían.
Contrastando con tanta destrucción, divisó a lo lejos las colinas, verdes, exuberantes, bañadas por el sol de un atardecer para el olvido.
Bastiano dio un paso, el movimiento sacó de su ensimismamiento al joven.
Con gran esfuerzo, lo montó.
El caballo, tratando de esquivar los cuerpos inertes, comenzó a alejarse.
Se dirigió por una huella que se internaba en un pequeño bosque.
Parecía saber que ese camino, de árboles con sus troncos enérgicos y aromáticos, de ramas frondosas y hojas frescas, daría a su amo el alivio del aire renovado que lo llevaría por el sendero de la esperanza hacia la vida.
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