ELBA BEATRIZ GALLENTI
Los últimos rayos del sol dibujaban fantasmas sobre el suelo. Las siluetas alargadas se mecían doradas y tenues filtrándose entre las grietas del sendero. Tan reseca estaba la tierra que sus pasos no dejaban la más mínima huella. Miró a su alrededor. Se sentía solo. Su espíritu explorador le había llevado bastante lejos, demasiado, esta vez. Por un momento olvidó su misión de reconocimiento del terreno y pensó en su Reina. Ella, la sublime, la gran diosa. ¡Cuántas historias, cuántas anécdotas de su sabiduría y belleza le habían contado sus tíos, los que le criaron de pequeño. Su infancia estuvo signada por el sacrificio. Desde los primeros pasos supo lo que habría de hacer por el resto de su existencia, y a pesar de todo era feliz; al fin y al cabo cuando se nace esclavo uno no se cuestiona la libertad, simplemente se refugia en sus sueños. Es allí, en la mente, donde las ideas bailan, los pensamientos vuelan y las ilusiones se materializan con la ayuda de la imaginación.
Pero esta vez no había enemigos a la vista, sólo pastizales y flores por doquier. Un trecho más y podría emprender el regreso con las buenas noticias.
Entones la vio. Era como una perla, la más grande y hermosa perla que jamás hubiese podido imaginar. De color ambarino, nacarado, reposaba junto a una hoja seca de fresno al borde del camino.
Se le acercó lentamente, calculando distancias y oteando aquí y allí con sus grandes ojos negros entre la espesura que le protegía de quién sabe qué miradas indiscretas.
Evidentemente se encontraba frente a un tesoro inusual. Algunos de sus amigos hablaban de hallazgos símiles, pero a él siempre le parecieron fanfarronadas de obreros trasnochados.
La perla despedía un perfume delicioso que le hacía recordar a la fragancia aterciopelada de las rosas Dior y a los pétalos crujientes de los jazmines chinos. Sin embargo, notó que no era totalmente circular sino alargada y en uno de sus ángulos, una profunda depresión quebraba la redondez, pero no advirtió señales de rotura. Era así, diferente, tal vez única en su especie.
De pronto una idea que trató de espantar cuando se le posó loca en su cabeza le arrancó una sonrisa. Era la oportunidad de su vida: el mejor y más original regalo para su Reina.
Con la felicidad cosquilleándole en el pecho decidió la estrategia, y con mucho cuidado levantó del suelo su tesoro. Pesaba más de lo que había calculado a simple vista pero con ella podría conocer a su soberana en persona. Esa sería su mayor recompensa. Todos le admirarían y su nombre pasaría a formar parte de los relatos más recordados.
Se puso en marcha mientras la noche descendía serena. De a ratos, la suave brisa que soplaba en dirección al castillo parecía alivianarle el andar. La suerte estaba a su favor. Anduvo mucho tiempo con la preciosa carga al hombro. ¿Cuánto? No podía recordarlo. Con tanta prisa y zigzagueando para evitar los obstáculos había perdido la noción de la hora. Sólo la luna, su fiel acompañante de tantas travesías, lo observaba esquivar piedras y enormes árboles amenazantes mientras él, suspirando, le confiaba en secreto, de reojo, sus más íntimos deseos.
Y así, casi extenuado, mimetizado entre las sombras divisó la gran fortaleza. En el terraplén que conducía a la entrada se topó con varios soldados que, al reconocerle lo dejaron entrar sin dificultad. Mientras cruzaba escuchó sus risas burlonas: _“¡Mírenlo, ja, já, eso que trae es más grande que su cabeza, ja, já!” _ le espetaba uno. _ ¡“Y más que su cuerpo, Jo, jo, jo!”_ bromeaba otro.
Ya en el interior de la galería principal, de oscuras paredes rústicas, amasadas y revocadas a puro pulmón por miles de obreros, la perla se perfilaba nítida y fantástica. Veintitantos guardias apostados en el ingreso a la cámara real chequearon la carga antes de franquearle el paso.
Entonces, la visión de la Reina lo obnubiló. Una cantidad innumerable de sirvientes, doncellas y pequeñuelos la custodiaban amorosamente. Era magnífica. Absolutamente digna del sacrificio que acababa de realizar. Con un último esfuerzo depositó su ofrenda delante de ella. Alzó la vista y la vio sonreír altiva. ¡Era tan hermosa!
Dos sirvientes de caderas anchas como lunas le señalaron fríamente la salida. Más tarde, los primeros gorjeos del alba lo descubrieron otra vez solo y retraído explorando el sendero.
Pero la perla ya no era la misma. Nunca se supo por qué extraño hechizo comenzó a emanar un vaho dulzón, casi transparente y desagradable por momentos que adormeció a la Reina y a su corte para siempre.
En esa época todavía no se sabía que el arroz carnaroli, tan apreciado para el risotto, es ultravenenoso para las hormigas cuando fermenta.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario